¡Hola! Soy Blanca.

El 29 de agosto de 1992, junto con las olimpiadas de Barcelona, me dio a luz mi maravillosa madre, sin epidural y con un calor aberrante. Tras una infancia feliz protagonizada por Doraemon, Pokemon, Los Simpson y las mochilas “de carrito”, siguió mi adolescencia llena de amores, desamores, amistades, desamistades y también Los Simpson.

A los 16 años, y como cualquier adolescente incauto e inexperto, me hacen tomar la primera decisión de mi vida: elegir (de entre cuatro) los estudios a los que querría dedicar el resto de mi vida. Casi nada. Elegí estudiar humanidades. No porque me gustaran los humanos, sino porque aprender mitología griega y romana me parecía menos aburrido que aprender a hacer matrices o integrales.

A los 18 la segunda decisión importante: ¿ahora qué carrera? Sinceramente, jamás había tenido que preocuparme por algo tan trascendente. Estaba acostumbrada a hacer lo que tocaba (a regañadientes) y a tener mi cabeza ocupada con cosas mucho más interesantes (o eso pensaba) como series de televisión o videojuegos. Hice el primer ejercicio de autoexploración de mi vida para descubrir a qué me querría dedicar el resto de ella. Aún me asombra cómo mi cabeza soportó tanto estrés sin colapsar. Pero lo hice.

Estudié Medios Audiovisuales durante cuatro maravillosos años universitarios. Y cuando acabaron, llegó de nuevo la incertidumbre. Hasta ahora mi vida había sido algo parecido a conducir un tren en marcha que sigue sus propios raíles sin tener que preocuparme más que de comprobar de vez en cuando que todo fuera correctamente. Y de pronto, el tren seguía en marcha pero ahora la vía se acababa, y tenía que encontrar yo la forma de seguir manteniéndolo a salvo. Busqué lo que se suponía que tenía que buscar: trabajo “de lo mío”, aunque obviamente no apareció sin más. Trabajé durante un tiempo sin cobrar en una televisión local, y después de algún tiempo me hice autónoma para realizar vídeos publicitarios para empresas. La cosa parecía que seguía el curso que debía seguir, aunque en realidad nunca me paré a pensar si realmente debía seguir algún curso.

Blanca con 5 años montada en su primera bicicleta.

Nunca hasta el 3 de Septiembre de 2012, con el fallecimiento de mi mejor amiga a causa de un cáncer. La verdad, con 20 años te crees que eres invencible. Vives como si fueras a vivir para siempre. Ese día todo cambió. La muerte de Ana, marcó un antes y un después en la forma en la que veía la vida. Aprendí que la vida no siempre es justa, que la muerte llega para todos y para todas, y no siempre te avisa. A veces aparece sin más.

Te alcanza por la retaguardia sin darte la opción a reaccionar y entonces: nada. Sencillamente nada. Uno puede esperar que la vida se para cuando un ser querido se va, que el tiempo se detiene, que todo se vuelve gris y que nada puede ser igual que antes. Pero no es así. La vida continúa. El sol vuelve a salir, el supermercado de al lado de tu casa vuelve a abrir a las 9 de la mañana, tú tienes que ir a trabajar a las 10, y el hombre del tiempo sigue dando su pronóstico como si el mundo no hubiese experimentado la más mínima pérdida, el más mínimo cambio. Así de cruel es. O quizá no. Quizá sencillamente no estaba preparada para afrontar la realidad, que la vida no dura eternamente y que la manera en que la vivimos es decisión nuestra.

Blanca trabajando como voluntaria en Nicaragua

Entonces, después de medio año de lamento y de pánico a morir, decidí que quería hacer algo diferente: independizarme e irme a vivir a Australia, vivir con animales, ayudar a los demás.  Fue por ello que empecé a tomar algunas decisiones. Decidí que si amaba a los animales no podía comérmelos con la misma boca con la que los defendía. Decidí que mis conocimientos y el dinero que mis padres habían invertido en que los obtuviera podían servir para ayudar a los demás, así que viajé a Nicaragua a trabajar como voluntaria durante un breve período de tiempo. En toda esta serie de cambios conozco a Óscar, divorciado y siete años mayor que yo, pero sorprendentemente afín a mi. Descubrimos que ambos tenemos las mismas inquietudes: viajar, descubrir el mundo, dejar de trabajar, vivir sin dinero, desprendernos de los horarios.

Nos enamoramos y durante un año, nuestro enamoramiento eclipsa el deseo ardiente que ambos teníamos de dejarlo todo e irnos. Sencillamente, seguimos con el trabajo y con nuestras vidas, sólo que ahora juntos. Llega un día en que decidimos que algo tiene que cambiar. Hasta entonces teníamos lo que llamábamos “reuniones”, pequeños momentos puntuales en los que nos sentábamos con una pizarra y un montón de rotuladores de colores a organizar cómo podríamos viajar, aunque nunca aparecía la fórmula perfecta. Hasta que un día, a las 9 de la noche de un lunes, Óscar me recibe en casa con una libreta. En la primera página había escrito: “¿Te atreves a escuchar un plan que va a cambiar tu vida para siempre?”. Y en ese preciso instante fue cuando empezó nuestra vuelta al mundo en bicicleta: Vivir en ruta.

23/07/2017: Óscar y Blanca saliendo de su ciudad para dar la vuelta al mundo.